Volver arriba ↑

Ficción psicológica · Relato · Novela

Aquí no hay finales felices.

Solo personas haciendo lo que pueden. Decidir mal.

Volver arriba ↑
Cerrar ×

Fragmento de la obra

LA FAMILIA

El primer recuerdo claro que tengo de mi infancia fue bonito. Al principio.

Tenía seis años y mi madre había invitado a tres amigas a casa. Las sentó en el salón bueno, el de la alfombra clara, el que casi nunca usábamos. Yo llevaba toda la mañana oyéndola colocar tazas, mover platos, abrir y cerrar armarios.

Había preparado té y pastas. Estaban en la cocina. Lo único que tenía que hacer yo era llevarlas al salón.

Lo único.

Ya se lo había llevado otras veces pero solo a ella, nunca delante de nadie. Nunca con aquellas mujeres mirándome. Caminé despacio, sujetando la bandeja con las dos manos, intentando que las tazas no chocaran entre sí.

No sé qué pasó.

Quizá pisé mal.

Quizá me temblaron demasiado las manos.

El té cayó sobre la alfombra.

Recuerdo el silencio. Un silencio pequeño, antes de que mi madre se levantara.

Se agachó enseguida, me frotó el brazo para que no me quemara y dijo:

—No pasa nada, cariño. Ha sido un accidente.

Las amigas la miraron con ternura. Una de ellas dijo que yo era una niña preciosa. Otra añadió que mi madre había tenido mucha suerte conmigo, que había salido muy bonita.

Yo me quedé quieta, con las manos mojadas, rojas por el té. El corazón, quieto.

Mi madre lo recogió todo y volvió a sentarse. Siguieron charlando.

Después las mujeres se fueron. Me dio pena porque lo estábamos pasando tan bien. Mi madre las acompañó hasta la puerta. Yo también.

Cuando la puerta se cerró, mi madre siguió sonriendo un segundo más.

Luego se volvió hacia mí.

No me dio tiempo a apartarme.

La bofetada me cruzó la cara.

—Me has hecho quedar como una cualquiera.

Cerrar ×

Fragmento de la obra

Flores Raras

Llegaba con ganas, deprisa y con el rímel corrido.

El barniz de la madera de la entrada hacía tiempo que había dejado de protegerla y, en torno a la cerradura, ya empezaba a formarse un surco.

Abrió torpemente, entró y se dejó caer por dentro, apoyada en la puerta cerrada.

Cerró los ojos un momento.

Olor a vainilla.

El mismo de siempre.

Casa.

Cogió aire hasta que los pulmones apretaban y lo fue soltando poco a poco.

Linda iba perdiendo fuerza.

Se quitó los zapatos sin agacharse y fue directa al baño. Con el sonido del grifo de la bañera de fondo empezó a quitarse la ropa con la velocidad de quien necesita sacarse algo del cuerpo.

El top negro.

Las medias de rejilla.

Todo lo demás.

Ahora sobraba.

Empujó las prendas con el pie hacia una esquina y comenzó a lavarse la cara con tanta intensidad que parecía querer eliminar algo más que el maquillaje.

En la bañera ya no valían las prisas.

El vapor cerraba el baño por dentro.

Durante unos minutos no había farolas, ni coches, ni hombres esperando, ni dinero doblado dentro del bolso.

A veces le venían flashes de la noche.

Y alguna vez —solo alguna vez— era libre y conseguía no recordar nada.

Cuando salió y se puso el pijama de pelito, ese que tanto le gustaba, con dibujos de ovejitas, sintió que por fin estaba en casa.

En territorio seguro.

Cerrar ×

Fragmento de la obra

Diario de una Mujer Perfecta

2 de septiembre de 2016

Estos días han sido tranquilos. Nada destacable.

Desde que empecé a escribir este diario tengo la sensación de que pasan más cosas. Supongo que antes también pasaban y no las apuntaba.

Hoy necesitaba ponerme con los cajones de la cómoda. Si los abres, parece que todo está en su sitio, pero no es suficiente. De vez en cuando hay que sacarlo todo, limpiar bien el cajón y volver a guardar las cosas.

En el cajón de abajo tengo una caja con las medias más delicadas. Las he sacado una por una para comprobar que no tuvieran carreras y, cuando ya iba a guardar la caja, he visto algo enganchado debajo de una de las solapas.

Era una fotografía pequeña del colegio.

Al principio la he mirado sin reconocer a casi nadie. Después me he fijado en un niño de una de las filas de atrás y, tras pensarlo un poco, he recordado su nombre.

Óscar.

Era tímido. No llamaba demasiado la atención y tenía algunas costumbres bastante desagradables. Mordía los bolígrafos y llevaba el pelo demasiado largo. Su madre iba mucho al colegio y siempre vestía de oscuro.

A Óscar siempre le pasaban cosas.

Una vez apareció con un chicle enredado en el pelo. Se le hizo una maraña tan grande que tuvieron que cortarle un mechón.

Poco después su madre lo llevó a la peluquería.

Le quedaba mucho mejor el pelo corto.

Recuerdo que se lo conté a mamá y se puso muy contenta. A ella le daba mucha pena aquella familia.

Me he quedado un rato mirando la fotografía.

He pensado en tirarla. No sirve para nada y ni siquiera recordaba que la tenía, pero tampoco ocupa demasiado sitio.

La he vuelto a guardar.

He puesto la televisión de fondo y he seguido con los cajones. Todavía me quedaban dos.

Ahora está todo limpio y colocado.

La casa huele al limpiador con olor a flores que he usado esta tarde.

Estoy muy tranquila.

Una flor oscura naciendo de una grieta sobre una pared clara

Lo que crece en la grieta
también cuenta una historia.

Charlas y encuentros

Las historias también pueden abrir una conversación.

Preparo charlas y encuentros que parten de la ficción para mirar lo que ocurre dentro de los vínculos: aquello que hacemos por amor, por miedo o para seguir creyendo que tenemos razón.

Conversaciones sobre los vínculos, el cuidado, el control, la culpa y la memoria; sobre aquello que heredamos, repetimos o callamos sin darnos cuenta.

Encuentros culturales, clubes de lectura, centros educativos, asociaciones y equipos profesionales.

Una mirada atravesada por mi formación en Física Nuclear, Terapia Ocupacional, Neuropsicología Clínica e Inteligencia Emocional.

Contactar con Karmen
Volver arriba ↑

La autora

Karmen Solagana

Karmen Solagana en la montaña, con el pelo suelto y una pluma en la gorra

Soy Karmen: montañera, escaladora, madre de tres soles y escritora.

Llegué a la literatura después de una vida profesional lejos de ella.

Escribo ficción psicológica sobre familias, silencios, violencias que no siempre se ven y decisiones sin una salida limpia. Me interesan quienes hacen daño convencidos de estar haciendo lo correcto. También quienes tardan demasiado en darse cuenta.

Mi formación en Terapia Ocupacional, Neuropsicología Clínica e Inteligencia Emocional atraviesa esa mirada. La literatura no diagnostica, pero ayuda a nombrar lo que cuesta mirar.

Publico relatos, novelas por entregas y textos breves en Substack.

Cuando no escribo, suelo estar tomando un té, viajando con mis tres hijos o buscando altura en la montaña con Tierra, mi perra inseparable.

Volver arriba ↑
Volver arriba ↑

Contacto

Contactar con Karmen

Déjame tus datos y cuéntame brevemente qué te gustaría proponer.

Cerrar y volver a la web ×